Plegaria por las abejas

Ni el frío las detiene en su imperiosa adoración por el perfume, en ese culto que conservan, como si estuvieran rezándole a un dios que se deja ver, luminoso, entre los pétalos, con el corazón hecho de miel.
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lunes, 22 de abril de 2024

Segundo Premio del II Certamen Berta Wilhelmi organizado por el Ayuntamiento Pinos Genil de Granada, en el programa de las II Jornadas Berta Wilhelmi con la temática “Historias de mujeres” y publicada en la antología de poemas ganadores y finalistas (Marzo, 2024).

 

Su nombre resuena en España y en Pinos Genil que organiza, desde hace ya dos años, un certamen de poesía sobre "Historias de mujeres", en la Clausura de las Jornadas sobre Berta Wilhelmi. 

Mi poema se congració con el segundo lugar y aquí lo publico. ¡Muchas gracias al Ayuntamiento de Pinos Genil y a la Diputación de Granada por este reconocimiento tan bonito!



El cantar de las flores




Una mujer llevando a otra, ambas vivas, orgullosas y bendecidas.

Una, más grande, parece el mar bravío, de corazón encrespado y salado,

aquel de jardines profundos y de caracolas que recibieron a Alfonsina.

Otra, más pequeña, honra el velero dibujado con carbón en las paredes del calabozo,

por la Mulata de Córdoba.

—Falta que navegue—provoca el vigilante, riendo.

—Mire cómo navega—responde la mujer.

Mi abuela cargando en el vientre a mi madre, es como esa campesina, que

llevando granos, semillas y raíces, aspira a alimentar al mundo.

Es esa guerrera de Japón, es Tomoe Gozen levantando la katana,

luchando en las guerras Genpei y defendiendo los castillos:

a su alrededor caen los hombres y se levantan las grullas.

Es esa mujer valiente, la vendedora ambulante, la “madre coraje”

que huye de la guerra y que es símbolo de alianza y de pérdidas irreparables.

Mi abuela embarazada de mi madre, semeja un estramonio y es, a su vez,

la Flor Blanca N°1 de Georgia O’Keeffe y La feria de caballos de Rosa Bonheur,

esos de gesto desbocado y sorprendido en carrera, como la tarde de Ada Salas.

Mi abuela Josefina Flores está en un cuadro, es pintada por Mary Cassatt

y le está lavando, con dulzura de óleos, los pies a mi madre.

Dentro de mi madre, en uno de sus tantos óvulos, seguro estoy yo,

entre las montañas y los mares rosados, gualdos y celestes,

como los imaginó Helen Frankenthaler.

Allí estoy, duermevela dentro de mi madre, como en un poema

de Gabriela Mistral, yo soy su intento de Ternura, su Niña errante y su Lagar.

Dentro de ellas dos, con ese calor tan humano, se sienten

todas las formas del fuego, incluso aquel que abrazó a Juana de Arco,

el mismo que incendió la fábrica Cotton de Nueva York, ese ocho de marzo.

Todas las luces arden dentro del vientre: las cerillas, las estrellas y el brillo de los ojos,

incluso de aquellos apagados por la violencia y el maltrato.

Es parte de la vida, pensarse tan vulnerable, tan cuidada

dentro del líquido ambarino que forma pequeñas olas de calcio, y entonces,

yo vuelvo a ser un barco, en cuyas velas se trasparenta el sol más imperioso.

Mi mascarón de proa es una mujer alada, como Berta Wilhelmi,

una mujer de color dorado que separa los labios,

como cantando o lanzando un beso.

Yo insisto en mi abuela porque, aunque su nombre no haya sido Ada Lovelace,

aunque su nombre no fue Hipatia, ella me ofreció una historia,

me ofreció un mundo de atardeceres en la orilla, corales y una madre.

Ella tejía, desmenuzaba y deshacía como Penélope, como Ariadna o como Las Moiras;

en ese vaivén caprichoso, casi sonámbulo y ávida de urdimbres,

al enhebrar ofrecía, tejiendo, parte de mi memoria y de mi futuro.

Al pensar en ella, en su sonrisa llena de violines como los de Maddalena Sirmen,

me pregunto cuántas mujeres hay dentro de mí,

cuántas manos, cuántos dedos, cuántos músculos escriben, desahogándose,

ahora, conmigo estos versos libres, susurrantes y urgentes;

cuánta sangre, cuantos huesos, cuántas voces acalladas de insomnio

remontan el horizonte de estos verbos colmados de estrógeno.

Por eso, no quiero dejar de gritar, por esta boca que yace escrita,

todas las metáforas de la vida, todos los rostros que puede adoptar Dulcinea

y cada uno de los nombres del amor, aunque se hayan olvidado.

No puedo permitir que nos vayamos de este mundo cruel y hermoso

sin haberlo convertido todo en la primavera de Emily Dickinson:

este poema será tu pájaro que vuelve y tu árbol florecido.

Un árbol de fruto generoso, donde mi abuela, como me contaba, en su infancia

llena de ilusiones y de sueños puros, cosechaba las manzanas.

Primer premio en la categoría D (adultos en castellano) del IX Concurso de relatos breves Literario Asun Casasola, de Irún, España. (Febrero, 2024)

Asun Casasola perdió a su hija Nagore Laffage, de 20 años, durante los Sanfermines del 2008. Nagore fue asesinada en Pamplona por José Diego Yllanes Vizcay y, desde ese momento, Asun Casasola milita y denuncia públicamente la violencia machista. Ella es un símbolo de libertad y lucha femenina. 

En 2024, bajo la temática de "Una plaza en tu nombre", gané el primer premio del Certamen Asun Casasola con un relato breve titulado "Florecimiento", aunque, más que relato, fue un ejercicio de memoria, justicia y respeto por aquellas mujeres que no sobrevivieron a la violencia machista. 

El relato recuerda a víctimas de la violencia de género en Mendoza, cuyos nombres siguen resonando.


FLORECIMIENTO 


Corrió hacia “La arboleda”, como si fuera un templo: aquella plaza que llevaba el nombre de todas, incluso de aquellas que hacía tiempo no se nombraban. Sintió que podría resguardarse entre los árboles hermosamente vivos- habían plantado uno por cada mujer asesinada en los últimos años- y este homenaje causó que, más que plaza, aquel lugar, tomara las dimensiones de un bosque. Le llamaban “La arboleda”, porque querían recordarlas vivas: siempre creciendo hacia la luz, floreciendo y llenándose de mariposas.

Se escondió atrás de Mariana, un paraíso sombrilla que la protegió hasta que su agresor la perdió de vista. Luego, Mónica y Patricia, dos ciruelos, la guiaron hasta el centro de la plaza, en donde podría esconderse. Las flores de Marlén llenaban de color violeta un camino hacia la calle más cercana, para que pudiera volver segura. Sin embargo, ella todavía tenía miedo: pensaba que, en cualquier momento, él aparecería para pedirle perdón, para volver a manipularla y, cuando menos lo esperara, atacarla de nuevo. El aroma de las flores de Lola la consoló, un limonero real que le extendía sus ramas cubiertas por azahares como, en otro tiempo, extendía los brazos. Sintió que la estaban protegiendo y que no debía por qué tener miedo. Ella era valiente como María, el árbol que daba fruto en todas las estaciones y era fuerte, como la corteza de Eliana. Decidió seguir el rastro de las flores que dejó caer Marlén para ella, como una epifanía: entre todas nos ayudaríamos, aunque ya, no estuviéramos.

Encontró la esquina y cruzó la calle, escoltada por aquellas mujeres que la violencia había convertido en árboles que hoy florecían. Gracias a ellas, llegó al laboratorio pericial. El forense le inspeccionó todos los golpes, los moretones, las puñaladas y el corte en el cuello. Cada herida mudó en una flor perfumada: porque era cierto, la agresión que parecía no terminar, nunca permitiría que nos fuéramos de este mundo sin haber convertido todo en primavera.          


Lee la noticia completa sobre los ganadores en el Diario Vasco


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