Plegaria por las abejas

Ni el frío las detiene en su imperiosa adoración por el perfume, en ese culto que conservan, como si estuvieran rezándole a un dios que se deja ver, luminoso, entre los pétalos, con el corazón hecho de miel.
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lunes, 22 de abril de 2024

Segundo premio en el III Concurso de Microrrelatos de “Mi reino por una pluma”, de IG, organizado por Mano de Mithril, en España (Noviembre, 2023)

 

VII JUEGOS RITUALES


Los VII Juegos Rituales entre pronombres y psicopompos se celebraron a las orillas del río Atuel, para facilitar la venida de las barcas que llegaban desde el más allá. Ningún humano se imaginó jamás que por la afluente del río Desaguadero asomarían los gigantescos y monstruosos psicopopmpos.

Los Pronombres, ágiles seres alados, fueron los primeros en llegar, los gigantes ojos grises que se abrían en sus alas de gran envergadura, los delataban. Cada uno de ellos se encargaba de la protección de un nombre propio y, aquel día, habían sido llamados por los Nuevos Inmortales para competir y para tratar de firmar un acuerdo de paz entre aquellos seres fantásticos en disputa: los pronombres, que acompañaban los nacimientos y los psicopompos, que guiaban a las almas difuntas.

Sin embargo, la cantidad pronombres era excesiva y, en aquella oportunidad, a pesar de las quejas y de las insistencias, competirían los protectores de los nombres que empezaran con la letra A.

Por su parte, los gigantescos Psicopompos hicieron fila para anotarse en los juegos, cada uno traía su remo y su lámpara de aceite. Muchos se reconocieron y se saludaron después de tantos años.

La apertura de los Juegos iniciaba con la entrada de los Nuevos Inmortales que traían consigo los nombres de todos los muertos y bendecían los nombres que aún estaban vivos, tradición que se mantenía desde hacía siglos.

La transmigración, el cambio de formas, las batallas singulares y la competencia de talentos intentaban poner fin a las diferencias entre pronombres y psicopompos.

Los gigantescos seres que se encargaban de guiar a las almas por los ríos subterráneos disfrutaron de una tarde tranquila en la montaña, alejada de los lamentos del Inframundo. Ninguno quiso recordar las guerras, ni la sangre, ni las espadas.

Es más, pensaban reunirse nuevamente y organizar una Feria del Libro Oculto en alguno de los reinos.








Segundo Premio del II Certamen Berta Wilhelmi organizado por el Ayuntamiento Pinos Genil de Granada, en el programa de las II Jornadas Berta Wilhelmi con la temática “Historias de mujeres” y publicada en la antología de poemas ganadores y finalistas (Marzo, 2024).

 

Su nombre resuena en España y en Pinos Genil que organiza, desde hace ya dos años, un certamen de poesía sobre "Historias de mujeres", en la Clausura de las Jornadas sobre Berta Wilhelmi. 

Mi poema se congració con el segundo lugar y aquí lo publico. ¡Muchas gracias al Ayuntamiento de Pinos Genil y a la Diputación de Granada por este reconocimiento tan bonito!



El cantar de las flores




Una mujer llevando a otra, ambas vivas, orgullosas y bendecidas.

Una, más grande, parece el mar bravío, de corazón encrespado y salado,

aquel de jardines profundos y de caracolas que recibieron a Alfonsina.

Otra, más pequeña, honra el velero dibujado con carbón en las paredes del calabozo,

por la Mulata de Córdoba.

—Falta que navegue—provoca el vigilante, riendo.

—Mire cómo navega—responde la mujer.

Mi abuela cargando en el vientre a mi madre, es como esa campesina, que

llevando granos, semillas y raíces, aspira a alimentar al mundo.

Es esa guerrera de Japón, es Tomoe Gozen levantando la katana,

luchando en las guerras Genpei y defendiendo los castillos:

a su alrededor caen los hombres y se levantan las grullas.

Es esa mujer valiente, la vendedora ambulante, la “madre coraje”

que huye de la guerra y que es símbolo de alianza y de pérdidas irreparables.

Mi abuela embarazada de mi madre, semeja un estramonio y es, a su vez,

la Flor Blanca N°1 de Georgia O’Keeffe y La feria de caballos de Rosa Bonheur,

esos de gesto desbocado y sorprendido en carrera, como la tarde de Ada Salas.

Mi abuela Josefina Flores está en un cuadro, es pintada por Mary Cassatt

y le está lavando, con dulzura de óleos, los pies a mi madre.

Dentro de mi madre, en uno de sus tantos óvulos, seguro estoy yo,

entre las montañas y los mares rosados, gualdos y celestes,

como los imaginó Helen Frankenthaler.

Allí estoy, duermevela dentro de mi madre, como en un poema

de Gabriela Mistral, yo soy su intento de Ternura, su Niña errante y su Lagar.

Dentro de ellas dos, con ese calor tan humano, se sienten

todas las formas del fuego, incluso aquel que abrazó a Juana de Arco,

el mismo que incendió la fábrica Cotton de Nueva York, ese ocho de marzo.

Todas las luces arden dentro del vientre: las cerillas, las estrellas y el brillo de los ojos,

incluso de aquellos apagados por la violencia y el maltrato.

Es parte de la vida, pensarse tan vulnerable, tan cuidada

dentro del líquido ambarino que forma pequeñas olas de calcio, y entonces,

yo vuelvo a ser un barco, en cuyas velas se trasparenta el sol más imperioso.

Mi mascarón de proa es una mujer alada, como Berta Wilhelmi,

una mujer de color dorado que separa los labios,

como cantando o lanzando un beso.

Yo insisto en mi abuela porque, aunque su nombre no haya sido Ada Lovelace,

aunque su nombre no fue Hipatia, ella me ofreció una historia,

me ofreció un mundo de atardeceres en la orilla, corales y una madre.

Ella tejía, desmenuzaba y deshacía como Penélope, como Ariadna o como Las Moiras;

en ese vaivén caprichoso, casi sonámbulo y ávida de urdimbres,

al enhebrar ofrecía, tejiendo, parte de mi memoria y de mi futuro.

Al pensar en ella, en su sonrisa llena de violines como los de Maddalena Sirmen,

me pregunto cuántas mujeres hay dentro de mí,

cuántas manos, cuántos dedos, cuántos músculos escriben, desahogándose,

ahora, conmigo estos versos libres, susurrantes y urgentes;

cuánta sangre, cuantos huesos, cuántas voces acalladas de insomnio

remontan el horizonte de estos verbos colmados de estrógeno.

Por eso, no quiero dejar de gritar, por esta boca que yace escrita,

todas las metáforas de la vida, todos los rostros que puede adoptar Dulcinea

y cada uno de los nombres del amor, aunque se hayan olvidado.

No puedo permitir que nos vayamos de este mundo cruel y hermoso

sin haberlo convertido todo en la primavera de Emily Dickinson:

este poema será tu pájaro que vuelve y tu árbol florecido.

Un árbol de fruto generoso, donde mi abuela, como me contaba, en su infancia

llena de ilusiones y de sueños puros, cosechaba las manzanas.

Ganador Certamen de Relato Corto Eufrasia Cabral

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