Plegaria por las abejas
sábado, 8 de junio de 2024
lunes, 22 de abril de 2024
Segundo premio en el III Concurso de Microrrelatos de “Mi reino por una pluma”, de IG, organizado por Mano de Mithril, en España (Noviembre, 2023)
VII JUEGOS RITUALES
Los VII Juegos Rituales entre pronombres y psicopompos
se celebraron a las orillas del río Atuel, para facilitar la venida de las
barcas que llegaban desde el más allá. Ningún humano se imaginó jamás que por
la afluente del río Desaguadero asomarían los gigantescos y monstruosos
psicopopmpos.
Los Pronombres, ágiles seres alados, fueron los
primeros en llegar, los gigantes ojos grises que se abrían en sus alas de gran
envergadura, los delataban. Cada uno de ellos se encargaba de la protección de
un nombre propio y, aquel día, habían sido llamados por los Nuevos Inmortales
para competir y para tratar de firmar un acuerdo de paz entre aquellos seres
fantásticos en disputa: los pronombres, que acompañaban los nacimientos y los
psicopompos, que guiaban a las almas difuntas.
Sin embargo, la cantidad pronombres era excesiva y,
en aquella oportunidad, a pesar de las quejas y de las insistencias,
competirían los protectores de los nombres que empezaran con la letra A.
Por su parte, los gigantescos Psicopompos hicieron
fila para anotarse en los juegos, cada uno traía su remo y su lámpara de
aceite. Muchos se reconocieron y se saludaron después de tantos años.
La apertura de los Juegos iniciaba con la entrada de
los Nuevos Inmortales que traían consigo los nombres de todos los muertos y
bendecían los nombres que aún estaban vivos, tradición que se mantenía desde
hacía siglos.
La transmigración, el cambio de formas, las batallas
singulares y la competencia de talentos intentaban poner fin a las diferencias
entre pronombres y psicopompos.
Los gigantescos seres que se encargaban de guiar a
las almas por los ríos subterráneos disfrutaron de una tarde tranquila en la
montaña, alejada de los lamentos del Inframundo. Ninguno quiso recordar las
guerras, ni la sangre, ni las espadas.
Es más, pensaban reunirse nuevamente y organizar una
Feria del Libro Oculto en alguno de los reinos.
Segundo Premio del II Certamen Berta Wilhelmi organizado por el Ayuntamiento Pinos Genil de Granada, en el programa de las II Jornadas Berta Wilhelmi con la temática “Historias de mujeres” y publicada en la antología de poemas ganadores y finalistas (Marzo, 2024).
Su nombre resuena en España y en Pinos Genil que organiza, desde hace ya dos años, un certamen de poesía sobre "Historias de mujeres", en la Clausura de las Jornadas sobre Berta Wilhelmi.
Mi poema se congració con el segundo lugar y aquí lo publico. ¡Muchas gracias al Ayuntamiento de Pinos Genil y a la Diputación de Granada por este reconocimiento tan bonito!
El
cantar de las flores
Una mujer llevando a otra, ambas vivas,
orgullosas y bendecidas.
Una, más grande, parece el mar bravío,
de corazón encrespado y salado,
aquel de jardines profundos y de
caracolas que recibieron a Alfonsina.
Otra, más pequeña, honra el velero
dibujado con carbón en las paredes del calabozo,
por la Mulata de Córdoba.
—Falta
que navegue—provoca
el vigilante, riendo.
—Mire
cómo navega—responde
la mujer.
Mi abuela cargando en el vientre a mi
madre, es como esa campesina, que
llevando granos, semillas y raíces,
aspira a alimentar al mundo.
Es esa guerrera de Japón, es Tomoe
Gozen levantando la katana,
luchando en las guerras Genpei y defendiendo los castillos:
a su alrededor caen los hombres y se
levantan las grullas.
Es esa mujer valiente, la vendedora
ambulante, la “madre coraje”
que huye de la guerra y que es símbolo
de alianza y de pérdidas irreparables.
Mi abuela embarazada de mi madre,
semeja un estramonio y es, a su vez,
la Flor
Blanca N°1 de Georgia O’Keeffe y La
feria de caballos de Rosa Bonheur,
esos de gesto desbocado y sorprendido
en carrera, como la tarde de Ada Salas.
Mi abuela Josefina Flores está en un
cuadro, es pintada por Mary Cassatt
y le está lavando, con dulzura de
óleos, los pies a mi madre.
Dentro de mi madre, en uno de sus
tantos óvulos, seguro estoy yo,
entre las montañas y los mares
rosados, gualdos y celestes,
como los imaginó Helen Frankenthaler.
Allí estoy, duermevela dentro de mi
madre, como en un poema
de Gabriela Mistral, yo soy su intento
de Ternura, su Niña errante y su Lagar.
Dentro de ellas dos, con ese calor tan
humano, se sienten
todas las formas del fuego, incluso
aquel que abrazó a Juana de Arco,
el mismo que incendió la fábrica Cotton de Nueva York, ese ocho de marzo.
Todas las luces arden dentro del
vientre: las cerillas, las estrellas y el brillo de los ojos,
incluso de aquellos apagados por la
violencia y el maltrato.
Es parte de la vida, pensarse tan
vulnerable, tan cuidada
dentro del líquido ambarino que forma
pequeñas olas de calcio, y entonces,
yo vuelvo a ser un barco, en cuyas
velas se trasparenta el sol más imperioso.
Mi mascarón de proa es una mujer
alada, como Berta Wilhelmi,
una mujer de color dorado que separa
los labios,
como cantando o lanzando un beso.
Yo insisto en mi abuela porque, aunque
su nombre no haya sido Ada Lovelace,
aunque su
nombre no fue Hipatia, ella me ofreció una historia,
me ofreció
un mundo de atardeceres en la orilla, corales y una madre.
Ella tejía,
desmenuzaba y deshacía como Penélope, como Ariadna o como Las Moiras;
en ese
vaivén caprichoso, casi sonámbulo y ávida de urdimbres,
al enhebrar
ofrecía, tejiendo, parte de mi memoria y de mi futuro.
Al pensar en
ella, en su sonrisa llena de violines como los de Maddalena Sirmen,
me pregunto
cuántas mujeres hay dentro de mí,
cuántas
manos, cuántos dedos, cuántos músculos escriben, desahogándose,
ahora,
conmigo estos versos libres, susurrantes y urgentes;
cuánta
sangre, cuantos huesos, cuántas voces acalladas de insomnio
remontan el horizonte
de estos verbos colmados de estrógeno.
Por eso, no
quiero dejar de gritar, por esta boca que yace escrita,
todas las
metáforas de la vida, todos los rostros que puede adoptar Dulcinea
y cada uno de
los nombres del amor, aunque se hayan olvidado.
No puedo
permitir que nos vayamos de este mundo cruel y hermoso
sin haberlo
convertido todo en la primavera de Emily Dickinson:
este poema
será tu pájaro que vuelve y tu árbol florecido.
Un árbol de
fruto generoso, donde mi abuela, como me contaba, en su infancia
llena de
ilusiones y de sueños puros, cosechaba las manzanas.
Ganador Certamen de Relato Corto Eufrasia Cabral
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